Consejos para controlar el enojo con tus hijos y no explotar frente a ellos

Consejos para controlar el enojo con tus hijos y no explotar frente a ellos

Ser padre es una de las mejores experiencias de la vida. Es cierto que los hijos sacan lo mejor de nosotros. En muchas ocasiones nos vemos siendo mejores personas para darles un buen ejemplo; nos volvemos más honestos, amables, cariñosos y todo para que se conviertan ellos en mejores personas. Sin embargo, no todo es miel sobre hojuelas. También, muchas veces, los niños logran sacarnos de nuestras casillas. Y es normal que eso pase, al final sólo somos humanos, y enojarse es también parte de la naturaleza humana. Hay maneras de evitar las explosiones emocionales que puede generar el enojo y lograr mantenernos calmados en esas situaciones. En este artículo te daremos unos consejos para poder controlar el enojo con tus hijos y no explotar con ellos.

 

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Reconoce y evita lo que detona tu enojo.

 

El primer paso es reconocer el porque te enojas. Generalmente podemos hacerlo con los niños y evitamos que estén muy cansados o que tengan mucha hambre y todas aquellas situaciones que sabemos los hacen enojar; pero también tenemos que hacerlo con nosotros mismos. Si puedo identificar que lo que me molesta es que mi hijo me voltee los ojos, cuando lo haga será más fácil que me aleje o respire profundo antes de enojarme. El darte cuenta, es el primer paso para controlar en enojo.

 

Busca nueva maneras de comunicarte.

 

Recuerda que estamos buscando como quieres que en un futuro tus hijos reaccionen ante el enojo, entonces tenemos que modelarles cómo se reacciona ante la frustración. No quiero decir que no te enojes nunca, sino que les demuestres a los niños que hay ocasiones en las que nos enojamos, pero debemos expresar ese sentimiento de manera adecuada. Enséñales como controlas tu enojo, para que así también puedan controlarlo ellos.

 

Encuentra estrategias para tranquilizarte.

 

Aquí te damos algunas de las estrategias que hemos comprobado:

 

  • Aléjate (literalmente). Cuando sientas que vas a perder el control, lo mejor es alejarte y tranquilizarte. Si tienes un hijo más grande, incluso puedes decirle “No estoy listo para hablar de eso en este momento. Déjame estar solo y cuando me tranquilice seguimos hablando”.

 

  • Respira profundo. Cuando sientas que pierdes la calma, detente y siéntate. Pon ambos pies en el piso. Pon una mano en el abdomen y respira de tal manera que sientas como se infla. Inhala por la nariz y exhala lentamente por la boca. Asegúrate de sacar todo el aire. Hazlo por lo menos diez veces hasta que sientas que te calmas.

 

  • Cuenta hacia atrás. Antes de que digas algo de lo que te arrepientas, considera contar hacia atrás hasta que te tranquilices. Busca un número mayor al nivel de estrés que tengas en ese momento. En ocasiones necesitarás contar desde el 100, habrá veces que solo necesites hacerlo desde el 10. No importa el número que escojas, este ejercicio te dará tiempo para evitar que digas o hagas algo de lo que te arrepientas.

 

Escoge tus batallas.

 

Contéstate esto ¿todas las peleas que tienes con tus hijos valen la pena?, muchas veces nos enojamos con los niños porque nosotros estamos muy estresados o frustrados. Una manera de diferenciarlo es preguntándote, que es lo que verdaderamente quieres reforzar en tus hijos y que puedes pasar por alto. Y en verdad, no te pelees por lo que no vale la pena.

 

Discúlpate cuando te equivoques.

 

Uno de los regalos más grandes que puedes hacerle a tus hijos es enseñarles la importancia de una disculpa cuando hacemos algo mal. Algunos padres creen que hacer esto le quita autoridad ante sus hijos. Pero pregúntate, ¿Cómo quieres que sean las relaciones adultas de tus hijos? Seguramente quieres que sepan identificar cuando estén equivocados y además enseñarles la importancia de pedir una disculpa. No hay nada mejor que hacerlo con el ejemplo. Si modelamos esta conducta les damos una lección de humildad en la que aprenden que todos somos humanos y que hasta los padres cometemos errores.

 

No seas tan duro contigo mismo.

 

Los padres somos los críticos más crueles con nosotros mismos. Siempre queremos ser perfectos. Y eso trae consigo mucho estrés. Pero no hay padres perfectos que siempre hagan todo bien. Muchos tenemos suerte si hacemos las cosas “medianamente bien” al final del día. Pero si te equivocas, solo tienes que darte cuenta en que fallaste, y hacer el compromiso contigo mismo para hacerlo mejor en el futuro. Date cuenta que no eres perfecto, eres humano y puedes cometer errores. Date la oportunidad de errar y celebra cuando te des cuenta que lo has hecho bien.

 

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